miércoles, 22 de mayo de 2013
Depredadores
Vivimos una época dorada para los depredadores. Campan a sus anchas por dominios en expansión y están dotados de armas formidables para la supervivencia. Además, disponen de un encanto que subyuga a las víctimas, a las que embaucan con una belleza irresistible y una capacidad de simulación insuperable. Son de una voracidad insaciable y carecen de piedad a la hora de elegir presa, que puede ser de cualquier especie distinta de la suya. Te hunden sus garras con una elegancia y una precisión calculadas. Ocupan la élite del reino animal y se comportan con la displicencia que se adquiere al imponer siempre la voluntad. Son fácilmente localizables pues se ubican en la cúspide de cualquier hábitat, donde se exhiben sin pudor y sin miedo a ser despojados de su poder, porque pertenecen a la clase dominante. Tienen muchos nombres, halcones, tiburones, leones o explotadores, y todos son iguales: crueles.
martes, 21 de mayo de 2013
La crisis de la prensa (y 2)

Es un vaticinio que se repite como un mantra: la prensa escrita está condenada a desaparecer. Hasta hay quien predice el momento exacto, situándolo hacia el año 2043, como se atreve a precisar Philip Meyer en su libro The Vanishing Newspaper, un plazo que incluso parece optimista porque, a juzgar por la magnitud de los cambios que afectan al negocio, es posible que se adelante la fecha en que el último periódico en papel publique la esquela de su propia defunción. Ya nadie pone en duda una muerte tan anunciada.
Por todas partes asoman datos que pronostican tal desenlace.
En primer lugar, la difusión de la prensa escrita en occidente lleva años
acumulando descensos imparables que ninguna de las campañas de autopromoción llevadas
a cabo (con ofertas de libros, videos, cuberterías, vajillas, juegos, relojes y
todo tipo de artículos que se pueda imaginar) ha conseguido contrarrestar. Muchos
de esos lectores han abandonado el papel por instrumentos electrónicos y
aparatos digitales que permiten la consulta del periódico de forma permanente tras
una transición que ha sido facilitada por los propios medios, que ven menguar
el volumen de su negocio ordinario y optan por la ampliación a la edición
digital para intentar compensar tales pérdidas. La totalitaria implantación de
las plataformas digitales multimedia conforma el futuro modelo de negocio de
los medios de comunicación, lo que ha provocado una carrera por ser de los primeros
en ocupar un nicho de mercado que todavía nadie sabe cómo quedará determinado.
Y eso provoca una primera reacción desesperada de consecuencias letales: la deuda
empresarial.
Los antiguos periódicos han devenido, se han integrado o han
sido absorbidos por conglomerados mediáticos que, como empresas multinacionales
que son o tienden a ser, invierten ingentes cantidades de dinero para
procurarse un lugar en una cúspide que proporcione dividendos a la sociedad o
el holding. Esa concentración de medios en conglomerados multimedia y el
elevado endeudamiento necesario para conseguirlo se ha convertido en uno de los
elementos causales de la crisis que padece la prensa en general. Se ha querido
poner una vela a la prensa escrita y otra a la digital, cuando la primera
representa un negocio en extinción y la segunda una apuesta por una
probabilidad todavía incierta. Para colmo, la crisis económica golpea a ambos modelos
con igual dureza, agravando no sólo la disminución de la audiencia en papel
sino, además, ocasionando el descenso en las versiones en digital y trasladando
la pérdida de publicidad, crónica en papel, a las ediciones en internet.
Para el analista Juan Varela (http://www.periodista21.com/2013/04/caen-los-diarios-en-papel-y-en-internet.htlm),
tal desplome de lectores -en papel y digital- evidencia “un agotamiento del
modelo y una crisis de credibilidad que erosiona aceleradamente a las cabeceras
tradicionales”.
Pero el problema no es sólo de adaptación a una revolución
tecnológica de resultados inciertos. El problema surge cuando una empresa que
se dedicada a editar un periódico no es rentable y busca el crecimiento para afianzarse
como conglomerado de comunicación (prensa, radio, televisión, libros,
contenidos, cine, etc.) y se endeuda hasta volverse inviable. Al descenso de
las ventas se une la caída de la publicidad y la disminución del valor de los
activos y de las acciones bursátiles, todo lo cual aboca a niveles de
endeudamiento insoportables. Es así cómo la crisis de los medios permuta en un
“capitalismo de casino” por el que los grandes ejecutivos y directivos
empresariales, incluso siendo periodistas, se prestan entonces a escudarse en
la revolución tecnológica para justificar sus desmanes imperialistas y se
comportan como cualquier patrono neoliberal: recortando gastos de redacción con
sucesivos expedientes de regulación de empleo en todas las unidades de negocio
y permitiendo la entrada en el capital de fondos especulativos dispuestos a
“pescar en río revuelto”. El problema, como señala Pere Rusiñol ("Papel mojado. La crisis de la Prensa y el fracaso de los periódicos en España" eldiario.es), es que,
desde ese momento, dejan de existir las empresas editoras de periódicos para
transformarse en empresas propiedad de sectores ajenos, fundamentalmente del financiero.
La mayoría de los grandes medios españoles ha corrido esta suerte: pertenece al
mundo financiero. Una realidad que afecta de lleno a la credibilidad de los
periódicos por el conflicto de intereses que se genera en su núcleo.
Deben asumir una nueva cultura empresarial, obligada por la
propiedad de estos conglomerados multimedia, que concibe la sociedad como
mercado y a los lectores como clientes, lo que debe redundar beneficios en la
cuenta de resultados. Y, para empezar, hay que reducir gastos. En los últimos
cinco años se han eliminado más de diez mil puestos de trabajo en el sector,
afectando especialmente a esos periodistas veteranos, reacios a vender su
independencia por un plato de lentejas. Como ejemplo caliente, la abrupta
salida de Maruja Torres de El PAIS,
hace sólo unos días, por su posicionamiento en contra de ese “capitalismo de
casino” que se practica en el diario de PRISA, empresa editora. Ella misma lo
explicaba en las redes sociales: “El
director de EL PAÍS me ha echado de Opinión y yo me he ido de EL PAÍS. Tantos
años... Pero es un alivio".
Queda, por tanto, un modelo de negocio fuertemente
controlado por sectores ajenos al periodismo que condiciona su labor y vulnera
los valores y la esencia del mismo: su credibilidad. Plantillas maleables, la
información como mercancía que puede y se debe explotar como
espectáculo al gusto del consumidor y útil para su entretenimiento, la continua
y permanente actualización de noticias que ni se contrastan ni se elaboran, simplemente
se “cuelgan” en estado bruto a cualquier hora del día o de la noche, la
precarización de unas estructuras cada vez más “baratas” a base de suprimir
corresponsalías, ahorrar en colaboradores de prestigio y contratar a jóvenes periodistas
mal retribuidos y sin tiempo para investigar ni hacer reporterismo de calidad,
etc., todo ello es lo que está ocasionando la crisis mortal de la prensa. Dice
Lluís Bassets en su último libro ("El último que pague la luz. Sobre la extinción del periodismo", editorial Taurus, Madrid 2013) que “el
periodismo como oficio queda engullido en las profesiones de comunicación,
hasta que éstas, a su vez, quedan englobadas en la vida digitalizada”.
Ese es el caldo de cultivo en el que proliferan los medios
digitales dispuestos a ofrecer al lector la instantaneidad que desea, la
comunicación constante y permanente, el flujo imparable de noticias sin apenas
confirmación, procedentes en su mayor parte -a falta de fuentes y recursos
propios- de gabinetes de prensa, agencias de relaciones públicas, de
instituciones diversas y de otros medios en la red que se dedican a rebotar lo
que reciben. La exuberancia informativa parece una característica del
periodismo digital. Sin embargo, no son verdaderas noticias, en el sentido
clásico del término, sino versiones y refritos de lo que puede convertirse en
noticia o permanecer como un bulo miles de veces repetido, como esos mensajes
que se reenvían hasta el infinito en los e-mails entre particulares.
Más que una crisis tecnológica, lo que está matando a la
prensa es su claudicación ante la economía y los intereses extraños que hacen
prevalecer los nuevos propietarios. Como ya adelantaba en la primera entrega de
este comentario, se trata de una crisis mortal, a menos que el periodismo sepa
evolucionar. Porque, sea en papel o en modo digital, la prensa sólo tiene una
finalidad: desenmascarar al poder, reclamarle transparencia y desvelar la
verdad que pretende ocultar, convertirse en la mosca cojonera de cualquier
poder establecido, sea político, económico o social. Sólo así puede cumplir con
su función antiséptica en las democracias, al extender la información relevante
entre los ciudadanos para que pueda conformarse una opinión pública. Sea cual
sea el soporte en que se base, la prensa tendrá futuro si los periodistas
siguen confiando en un oficio imprescindible que ofrece información veraz,
relevante y contrastada de manera diligente, elaborada con independencia de los
hechos, de las personas que protagonizan esos hechos y de los poderes que
intentan mediar en su trabajo, manteniéndose firmes en la lealtad inexcusable
hacia los ciudadanos.
Eso es lo
que me hace otear apesadumbrado un horizonte que se empeña en presentar negros
augurios sobre la crisis de la prensa: está instalada en su mismo corazón, allí
donde late el buen periodismo.
viernes, 17 de mayo de 2013
¿Por qué se fusionan hospitales?
Esa desconfianza en las intenciones de la Consejería de Salud
genera la radicalidad de las posturas que se enfrentan al dilema de fusión sí o
fusión no, sin valorar abiertamente los beneficios o perjuicios de una opción
que, en principio, ni es buena ni mala en sí misma, sino que depende de la
finalidad perseguida y de la compatibilidad de las estructuras que se agrupan
para aprovechar sinergias y eliminar duplicidades, todo ello sin restar calidad
en el servicio, ganar eficiencia y no acarrear demasiadas incomodidades a los
usuarios.
Los sindicatos, las asociaciones vecinales y las de
pacientes se muestran unidas en el rechazo a este macro proyecto de fusión en
la sanidad pública de Andalucía por considerar que se hace a espaldas de los
profesionales y de los representantes de los trabajadores, porque se lleva a
cabo sin presentar ningún estudio o informe previo que lo aconseje y,
fundamentalmente, porque parece impulsado simplemente por la búsqueda de un
ahorro basado en recortes de plantilla (mediante amortización de puestos) y la
supresión de otras partidas presupuestarias, lo cual puede influir en un
deterioro de la calidad asistencial.
El proceso de convergencia ha arrancado con la unificación
de las gerencias de los hospitales destinados a fusionarse, lo cual, en
estricta teoría empresarial, daría lugar a una nueva entidad que englobaría el
patrimonio y los recursos de las empresas fusionadas. Y de hecho esa debía ser
la meta proyectada a tenor del nombre corporativo de la nueva entidad
resultante: “Complejo hospitalario Sevilla”, “Complejo hospitalario Granada”,
etc. Es decir, desaparecerían las entidades que se fusionan para originar una
nueva, conforme a la lógica empresarial. En las facultades se enseña que un
proceso de concentración empresarial tiene la finalidad de abaratar costes y conquistar
predominio en el mercado. Siendo lo segundo innecesario para una sanidad que
monopoliza esa prestación como servicio público, la supresión de costes y la
reducción de gastos emergen como el único objetivo racional para la fusión de
estos hospitales.
Las autoridades manifiestan el propósito de avanzar hacia un
modelo de descentralización y organización profesional por el que se
redistribuyen servicios y tareas sin que dependan ni de ubicaciones heredadas (los viejos hospitales)
ni de nueva construcción. En esta especie de “hospitales sin muros”, cuyas
instalaciones estarían repartidas por toda la ciudad, los servicios quedarán
integrados -según carta interna del gerente del Virgen del Rocío de Sevilla,
Dr. Torrubia- para “conseguir el desarrollo profesional de todos los
sanitarios, independientemente del lugar en el que trabajen”. Se omite que
igual de independiente de su zona de residencia quedaría el paciente, que
deberá desplazarse hasta donde se concentre, tras la unificación, la consulta
especializada de su hospital básico de referencia. Ya no existirán áreas
hospitalarias para determinados servicios.
A nadie se le escapa que, en consecuencia, surgirá una
plantilla que estará sobredimensionada en las unidades que acaben integradas y que
se siente preocupada de su situación laboral. Poniendo el parche antes de que
aparezca el grano, la consejera de Salud y Bienestar Social, María Jesús
Montero, ha asegurado en el Parlamento regional que “en ningún caso se va a
prescindir de estructuras existentes ni funcionantes; que en ningún caso va a
llevar consigo recorte en la plantilla o una disminución de trabajadores y que
tampoco se va a exigir la movilidad de los trabajadores, que va a ser
voluntaria...”. Palabras que provocan más alarma que tranquilidad, puesto
que en todas las fusiones de empresas realizadas en España –y no hay que
olvidar que un hospital es una empresa- se ha acometido la adecuación de las
plantillas a la nueva estructura resultante. ¿Si no a qué aventurarse en una
fusión?
Es comprensible que en las especiales circunstancias de
dificultad en que se hallan los servicios públicos y, por extensión, todas las
empresas de España, a causa de una crisis económica que no tiene visos de
solución próxima, se adopten medidas para la contención de gastos y la
viabilidad de las prestaciones de servicios o de la actividad productiva
empresarial. En ese contexto, la fusión es una estrategia útil para afianzar
cualquier proyecto empresarial con ánimo de permanencia, fortalecimiento
orgánico, posicionamiento industrial y dominio frente a la competencia. Pero en
las empresas públicas, en las que la atención sanitaria no debería estar sujeta
a condicionantes de rentabilidad o de consecución de beneficios, por responder
a la materialización de derechos reconocidos en la Constitución , una
iniciativa de la envergadura como ésta de la fusión de hospitales debería contar
cuando menos con el conocimiento y la adhesión de todos sus trabajadores.
Incluso, antes de impulsarla, hubiera sido “decorosamente” democrático abrir un
debate para pulsar la opinión de pacientes, colectivos y demás entidades
sociales afectadas por una transformación tan descomunal en las prestaciones
sanitarias a la población.
Las posibles bondades de esta medida quedan empañadas, y hasta anuladas, por esa falta de transparencia de que adolece la fusión y la nula participación que ha contado entre los sectores involucrados, al no haber sido invitados a la elaboración del proyecto. No son obstáculos insalvables si la voluntad es realmente la de trabajar en beneficio del ciudadano y en dotar de mayor eficiencia al sistema sanitario público andaluz. Siempre se está a tiempo para el diálogo franco y sincero. Si no, estaremos ante una nueva cacicada de las que estamos tan acostumbrados como hartos.
jueves, 16 de mayo de 2013
Jueves de marioneta
La semana se acerca a su final en medio de unas rutinas que nos manejan como marionetas. Hilos invisibles pero fuertes, trenzados con el acero de la responsabilidad, nos levantan cada mañana y nos arrastran durante todo el día de un lugar para otro, del trabajo a la casa, para dejarnos caer por la noche, tras algunas estaciones intermedias tan previsibles como monótonas, en la cama cual muñecos inanimados y carentes de voluntad. Ningún deseo nace de una espontaneidad que no esté sujeta a esos hilos que controlan nuestra conducta porque incluso lo que parece evasión está regido por un plan establecido que nos mueve. Sólo los locos escapan de convertirse en títeres de fuerzas externas camufladas en rutinas, porque sus hilos surgen enrevesados desde el profundo marasmo de su demencia. Nada es más terrible que la consciencia del nulo albedrío que nos hace transitar semana tras semana.
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Daniel Guerrero Bonet
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Con el pie que me levanto
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miércoles, 15 de mayo de 2013
La crisis de la Prensa (1)

Este es el lamento de alguien que sigue aferrado a un modelo caduco: el antiguo periodismo de rotativas, papel y tinta. Sabedor de poseer gustos obsoletos, el nostálgico no deja de otear un horizonte que no hace más que confirmar sus sospechas: la prensa está en crisis. Siempre lo ha estado, salvo períodos de inaudito esplendor, pero esta vez parece definitivamente mortal, mortal para aquel modelo añorado. No para el periodismo que sepa evolucionar.
Anterior a esta crisis financiera que afecta a todos los sectores de la economía, ya existía –o al menos se barruntaba- la crisis de la prensa, la que afecta a una manera de entender el periodismo. No se trata sólo de una transformación provocada por la sustitución del soporte papel (periódicos y revistas, también los libros), ineludible a la vista de cualquier profano por culpa de la revolución tecnológica digital y la implantación global de internet, sino además de la manera de entender el ejercicio del periodismo y el producto informativo por parte de los propios profesionales y por los consumidores. Estamos asistiendo al nacimiento de un fenómeno nuevo que, en parte, se parece al antiguo periodismo de novedades de interés público y, de otra, al intercambio comunicacional entre particulares, en el que se diluyen las arcaicas fronteras entre lo público y lo privado, sin depender siquiera de una pauta temporal, como era definitorio del periodismo clásico.
Las nuevas tecnologías nos han hecho cambiar nuestras costumbres y han forzado la adaptación de la actividad informativa a los hábitos imperantes, provocando nuevos modelos empresariales y nuevas formas de consumo. Para empezar, el periódico moderno ya ni siquiera es periódico. De acceder a la información a intervalos regulares (diarios, semanales o mensuales), hemos pasado a estar conectados a una fuente on line de información continua. Tampoco depositamos aquellas fidelidades lectoras en las firmas de prestigio que orientaban nuestra opinión con explicaciones, valoraciones e interpretaciones de hechos (datos o acontecimientos) de los que teníamos conocimiento precisamente gracias a los medios de comunicación. Cada vez es más rara la costumbre de comprar a primera hora de la mañana un periódico para saber cómo marcha el mundo, nuestro país y hasta nuestro pueblo porque, hoy, nos basta con hacer un “clic” de ratón para tener acceso a esa información e incluso para consultar cuántos términos –políticos, sociales, económicos, científicos, religiosos, culturales y deportivos, etc.- internet nos pueda brindar a través de miles de entradas.
Este medio por el que me lee, por ejemplo, le ofrece la información suficiente e instantánea que pueda interesarle, evitándole la necesidad de acudir a un quiosco para adquirir un producto en papel que mancha, cuesta dinero y no puede renovar sus noticias hasta el día siguiente con lo sucedido ayer. Frente al periódico antiguo, la alternativa digital sale gratis (de momento), puede incorporar la noticia de cualquier asunto relevante desde el preciso instante en que se produzca o se conozca, enlazar con asuntos y fuentes actuales, es limpio, no mancha y se utiliza desde la comodidad del hogar, sin tener que salir a comprarlo. ¿Esas son las únicas diferencias?
Aparentemente, es más democrático. Además de instantánea y gratis, la prensa electrónica permite una mayor participación de los usuarios, no sólo con comentarios y opiniones, sino también mediante la propuesta de temas, enfoques, estilos y hasta la selección y jerarquización de las noticias que gustaría recibir, comunicándolo directamente al medio y a los propios redactores. Atender esta demanda conlleva la disgregación y fragmentación de la audiencia a tenor del gusto de pequeños y múltiples grupos de interés. Tal vez por ello exista hoy en día tanta oferta de periodismo electrónico como lectores constituyen el mercado. Es la consecuencia de la estructura del mercado que impone la tecnología digital al posibilitar que cada lector configure su propia manera de consumir información. Sin embargo, esa máxima democratización va en detrimento del interés general al que debían servir los medios, cuyos índices de difusión en prensa escrita caen de forma imparable para ser sustituidos por los ordenadores, los teléfonos móviles, las tabletas y demás recursos de lectura digital, etc.
Lo grave, en cualquier caso, no es esta transición de un soporte a otro, del papel a lo digital, sino la diversificación del producto informativo para satisfacer a una demanda atomizada. Una disgregación del mercado que hace disminuir la audiencia de cada medio hasta extremos difícilmente rentables. Y para combatirla, la industria periodística acude a las recetas canónicas de contención del gasto, despidiendo periodistas, recortando recursos y, lo más indeseado, mostrando sumisión a la demanda del público, olvidando su viejo objetivo de encarnar la opinión pública en defensa del interés general, y decantándose hacia la espectacularización de unos contenidos que ya no hacen ascos ni al rumor ni a la banalidad de los hechos.
Para quien todavía tiene que imprimir en papel lo que desea leer con detenimiento, resulta lamentable una crisis de la prensa que deriva hacia un deterioro tal en la calidad y la credibilidad de los periódicos. Entre otros motivos, además del fetichista como objeto físico, por comulgar con la función de los mismos que exponía el gran Mariano José de Larra: “…el periódico es el gran archivo de los conocimientos humanos, y que si hay algún medio en este siglo de ser ignorante, es no leer un periódico”.
No obstante, la alternativa es factible y está en manos de los periodistas que no se dejan atrapar por esta dinámica de “emborronadores de la verdad”, como la define Lluís Bassets en su libro “El último que apague la luz”: pasa por rescatar el valor de los contenidos de calidad, esos que surgen de las informaciones bien contrastadas y mejor narradas. ¿Se estará aún a tiempo?
domingo, 12 de mayo de 2013
Dos años más que "indignaos"
Hace dos años que se materializó una respuesta colectiva callejera de miles de ciudadanos hartos de ser las víctimas propiciatorias de un Sistema que preserva el Capital a costa de lo social y lo público. Era el Movimiento del 15-M, que canalizó la indignación en plazas y calles de España, en lo que su apóstol, Stéphane Hessel, llamaba “insurrección pacífica”, contra la dictadura del mercado, los recortes del Estado de Bienestar y, especialmente, las iniciativas de una clase política cuyo comportamiento, falto de transparencia y sobrado de corrupción, provoca la desafección de los ciudadanos, a quienes teóricamente debían representar y rendir cuentas de su labor.
En estos dos años transcurridos, el movimiento del 15-M,
aquella acampada multitudinaria en la
Puerta del Sol de Madrid y todas las que la emularon en otras
ciudades, ha perdido consistencia unitaria al carecer de una estructura orgánica
que la convirtiera en lo que tanto denostaban: un ente, un partido o un
instrumento dependiente e integrado, finalmente, del Estado. Sin embargo, no le
han faltado motivos para la protesta y de estímulo para la participación
ciudadana.
Hoy, hay más de 6 millones de razones para combatir unas políticas
económicas que empobrecen a la población y abandonan en el paro a ese número de
españoles. Hay motivos para luchar contra una Reforma Laboral que hace recaer
todos los sacrificios en la clase trabajadora frente a la empresarial cuando
hay que dinamizar la actividad de las empresas. Más de 6.200.000 personas sin
trabajo es el balance actual de esas políticas aplicadas al mundo del trabajo
al dictado del mercado.
También hay una “marea blanca” que se subleva por una
sanidad que se está privatizando en busca del lucro en vez de satisfacer las
necesidades de la población. La salud de los españoles es puesta en manos de
gestores que están más pendientes de la cuenta de resultados. Una salud medida
al peso de la rentabilidad, único parámetro que mide la viabilidad de derechos
reconocidos en la
Constitución.
Incluso la educación se une en su totalidad –desde primaria
hasta la Universidad ,
desde profesores y alumnos hasta las asociaciones de padres- para mostrar su
repudio a reformas legales que persiguen, de igual modo, el desmantelamiento
progresivo de un sistema educativo que,
aún en su imperfección, procuraba que las desigualdades sociales no fueran obstáculos
para acceder a una enseñanza de calidad, obligatoria y hasta cierto punto
gratuita. Tampoco es rentable según los parámetros de sostenibilidad del
mercado.
Un mercado que, sin embargo, dota de ayudas ingentes a la
banca para rescatarla de las quiebras que ella misma generó, pero que no puede
permitir la dación en pago cuando los ciudadanos, abandonados sin recursos en
la cuneta, no pueden hacer frente a hipotecas abusivas y son amenazados con
desalojarlos de sus casas. La indignación por contemplar a la policía sacar por
la fuerza a la gente de sus casas, mientras los directivos de los bancos
rescatados se reparten fortunas por despido o se conceden multimillonarias
indemnizaciones a causa de una jubilación obligatoria por motivos penales, ha
dado lugar a los famosos escraches (para unos una presión inadmisible y para
otros simple libertad de manifestación) frente al domicilio de aquellos políticos
que favorecen este sistema injusto y no están dispuestos a modificar ni la ley
hipotecaria –criticada por Europa- ni las leyes que posibilitan el desahucio de
las viviendas.
Han sido dos años, pues, en que más que indignados, estamos
ya francamente enrabietados y enfurecidos contra unas políticas y un sistema capitalista
que sólo protege al dinero y no a las personas. Hartos de asistir sumisos a la
eliminación de las protecciones que las políticas sociales públicas brindaban a
los más desfavorecidos de la Sociedad. Y ,
como decía José Luis Sampedro en la introducción del librito citado, no
queremos “sucumbir bajo el huracán destructor del consumismo voraz y la
distracción mediática mientras nos aplican los recortes”. Por eso, si se ha desvanecido y atomizado el
movimiento del 15-M, habrá que refundarlo para luchar por lo que no es más que
la participación cívica y pacífica de la sociedad en asuntos que le conciernen: su orden y
el rumbo de lo que nos es común, nuestro modelo de convivencia. Y si a Dolores de Cospedal le parece mal, porque no nos limitamos como corderitos a votar cada
cuatro años, allá ella. Es su problema.
jueves, 9 de mayo de 2013
La aflicción de los días
¿Aflicción mediática?
Los hechos se suceden a tal velocidad que apenas dan tiempo para poder
asimilarlos con un mínimo detenimiento, obligándonos casi a una lectura
atropellada de los titulares que depara la actualidad antes de sentir el agobio
del exceso de información. Cuesta esfuerzo –¡y tiempo!- seleccionar, valorar,
contextualizar, relacionar y profundizar algún acontecimiento entre la maraña
de datos, opiniones, propaganda y ruido que transmite cualquier medio de
comunicación. Lo que pretendía la censura ahora es conseguido por esa avalancha
descontrolada de información: impedir que sepamos lo que de verdad sucede. ¿Y dónde
está la verdad? Se halla sepultada bajo el volumen inmenso de noticias que dan
cuenta, en el mejor de los casos, de porciones tan diversas de ella como
versiones tiene o se manifiestan. Ello nos instala en un estado de aflicción
que parece extenderse a todos los estratos de la sociedad. Así, por ejemplo, he
sentido aflicción últimamente con el acceso a los medios de información y he
detectado esa misma aflicción en muchos de los personajes que protagonizan los asuntos
que atraían mi atención.
¿Aflicción en el PP? La Policía , durante esos
mismos días, certificaba en un informe de la Unidad de Delitos Económicos y Financieros (UDEF)
que la contabilidad B era, en realidad, la contabilidad A del
partido que goza del respaldo popular para que siga, no sólo gobernando a base
de recortes a los ciudadanos, sino repartiendo sueldos, sobresueldos y “despidos
en diferido” a los imputados por corrupción que, cual metástasis, le brotan
desde la tesorería hasta las más opacas raíces y el frondoso follaje a una
organización que presume de transparencia y tranquilidad. En botánica sería una
planta podrida, pero en política es signo de vitalidad fisiológica y salud
saprofita. Para el cariacontecido Rajoy, nada de ello es verdad, salvo una
parte. El caso Bárcenas se enmaraña,
así, en informes y fotocopias que, en última instancia, no hacen más que
evidenciar “una actuación persistente en el tiempo en transformar donaciones
por encima del límite legal en ingresos en la cuenta de donativos anónimos”.
Si ese fraccionamiento de un dinero ilegal, procedente de donativos de grandes
empresas que recibían contratos enjundiosos con la Administración , no
sirvió para financiar al partido y, de paso, enriquecer a los que ocultan su
patrimonio en paraísos fiscales, ¿para qué sirvió entonces? La trama Gürtel y su derivada causa Bárcenas tienen al partido del
Gobierno sumido en una aflicción que se nota en las caras de unos dirigentes
que ya no saben cómo explicar tantas tropelías.
Hay jornadas en que uno no para de llorar.
¿Aflicción en palacio? Por el tobogán de los últimos
días se despeñaban hechos como la desimputación de una imputada, lo que, en
puridad, era hacerle una soberana putada a la susodicha -algo así como una
imputación “en diferido”-, ya que no la eximían de sospechas, sino que la mantenían
en suspenso hasta que los indicios de delito fiscal y blanqueo de dinero fueran
más consistentes, a juicio del magistrado instructor, quien insiste en seguir
pensando lo mismo que cuando la imputó. La misma Audiencia de Palma que anuló
“de momento” la citación sostiene que la princesa afligida “debía saber o conocer” los trapicheos de la empresa de la que formaba parte junto a su marido, ese cónyuge espabilado acusado de malversación de caudales públicos y prevaricación en el caso Nóos. Dentro
del pulso institucional que se está librando, se trata de un triunfo pasajero
del Fiscal General del Estado, travestido en abogado defensor en el entramado
que afecta directamente al Palacio de la Zarzuela , residencia de una Familia Real que ve
reducido su tamaño conforme tiene que despojar de tal condición a aquellos de
sus miembros que son implicados en escándalos de variado pelaje. Es deprimente
que condes y princesas, como en un tenebroso cuento de hadas, acaben en
divorcios, pleitos y cárceles por avaricias insaciables del cuerpo y el alma.
¿Aflicción
ideológica? Porque, aparte de las ilegalidades y las corruptelas, se
constata la inmoralidad de los que no tienen empacho en apretar el cinturón de
los españolitos de a pie mientras ellos se aflojan el suyo con el concurso,
generoso en sobres para gastos de “representación”, del partido. Y es que tales
personalidades que nadan en la abundancia, capaces de tener un jaguar en el garaje y no darse cuenta, son, en verdad, los únicos que pueden
“representar” teatralmente la pobreza y la humildad, pues los demás las sufrimos
en nuestras carnes, máxime cuando una impuesta austeridad recorta derechos y
prestaciones en sanidad, educación, dependencia e, incluso, en el aborto. Tal
vez de ahí derive el “lapsus” (¿) de la diputada popular Beatriz
Escudero, defensora en el Congreso de la ley, cuando se atrevió asegurar que “en
España, las mujeres que se ven abocadas al aborto son las que menos formación
tienen”, dejando patente su percepción y su sensibilidad sobre las mujeres
y los desafortunados: el vicio es cosa de pobres, pareció decir. Causa
aflicción esta soberbia ideológica que el propio ministro Gallardón reconoce en
la ley del aborto: obedece a la mentalidad (moral) del Gobierno que promueve la modificación para hacer más
restrictiva su aplicación. Y punto. Todavía hay quien cree que los ricos no
abortan como tampoco “catean” en sus caros colegios privados. Si éstos expulsan
a los que, ni con profesores de apoyo, son capaces de mantener la ratio de aprobados, otras sortean en el
extranjero las trabas que aquí votan para impedir el aborto. Así es cómo pueden
permitirse luego la indecencia de acusar desde una tribuna a los “menos
formados” y tildarlos poco menos de asesinos por desear engendrar sólo los
hijos que puedan criar y educar con un mínimo de dignidad.
¿Aflicción económica?
Si el Gobierno impulsa leyes para beneficiar a los evasores fiscales, en vez de
impedir y castigar el hurto a Hacienda ¿cómo no imaginar que lo estructural sea
el engaño y la defraudación a escala general? No resulta extraño colegir, en
estos días de tristeza, que semejante conducta sea la constante no sólo entre
miembros de la Familia Real
y el partido gubernamental, sino en la mayoría de las empresas más importantes
de este país. Porque no es aflicción sino vergüenza lo que produce saber que 33
de las 35 empresas más representativas que cotizan en el selectivo índice IBEX
de la Bolsa de
Madrid tienen cuentas en paraísos fiscales, totalmente opacas al fisco. Son
cuentas que no se justifican con la actividad mercantil de tales empresas, pero
que seguramente permiten ser generosos en donaciones y dádivas a partidos,
altas personalidades e instituciones con las que se interrelacionan con el propósito
de que ese entramado político, económico y legal sirva a sus intereses, ya sea
en forma de contratos con la
Administración , leyes que favorezcan sus negocios o
indultos cuando son sorprendidos en flagrante delito, lo cual no impide
astronómicas jubilaciones. Así cualquiera.
Hay jornadas en que uno no para de llorar.
Publicado por
Daniel Guerrero Bonet
en
21:16
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Actualidad,
España,
Reflexiones
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